Bosque Social de Bidones.

El último proyecto del
polifacético artista Néstor Torrens, Mbidöm en las Salas de Arte Contemporáneo
del Instituto de Canarias Cabrera Pinto, ha supuesto desde su inauguración el
pasado cuatro de mayo un plus de modernidad para la ciudad de La Laguna. Pues este
artista es un soñador intensivo que
ha generado un espacio efímero en el que poder establecer una relación entre
diferentes disciplinas artísticas y al mismo tiempo difuminar el sólido muro
existente entre el espectador y el formato tradicional de obra artística.
Mbidöm es un espacio dual en el
que se apuesta por la participación activa y lúdica del público. Todo se
convierte en intercambio de energías y en la unión de significados antitéticos,
como activo-pasivo, noche-día, historia-presente. Uno de sus grandes atractivos
es precisamente el shock que genera este bosque de bidones de cloro de piscinas
de un intenso añil con el edificio que los alberga, el ex convento agustino, a
nivel histórico artístico uno de los más emblemáticos de la ciudad patrimonial.

Néstor Torrens ha realizado sus
propios sueños trazando este proyecto, hermanado con el Keroxen de Santa Cruz
de Tenerife, donde  las reflexiones
teóricas y sesudas quedan a un lado “para vivir experiencias artísticas comunes”.
Construido como un conjunto accesible y ordenado, con una concepción ideológica
de colectivo onírico, Mbidöm es un despertar en el público tradicional
asistente a estás salas de arte contemporáneo.

La instalación es un contenedor
que anula la atmósfera propia de un edificio histórico, mediante un happening
continuo.  Ésta ha puesto a la vista y
sobre la mesa una serie de problemas actuales que se engloban en la actual crisis
de valores que resultan de capital importancia. La crisis económica afecta a todos
los ámbitos sociales y personales de la ciudadanía, y es importante, por tanto,
fomentar desde la creación plástica “el sentimiento de colectividad”. La obra
de este artista habla de integración, de identificación y de diálogo.

En una época en que la cultura ha
perdido gran parte de sus recursos monetarios, Torrens demuestra que se puede y
se debe hacer algo interesante sin un desembolso importante de recursos.
Mediante una propuesta multidisciplinar de eventos musicales, de danza y de
acciones performáticas se construye una experiencia “colectiva y festiva”. Son
proyectos de este tipo los que calan en la ciudadanía, los que permanecen en su
memoria como una experiencia práctica y los que generan una captación de
público, una fidelización hacia el hecho cultural.

¿Qué significa exponer hoy? Si no
es crear preguntas a los espectadores y retos en sus vidas diarias se entra en
el absurdo del arte desvinculado de la sociedad. Por tanto, esta única pregunta
obstinada  tiene su respuesta en que es un
proyecto cultural en el que se entiende que los destinatarios y su fruición o
hartazgo son la finalidad concreta. Se apuesta en esta ocasión por formas no
tradicionales de expresión artística y por la activación de los sentidos para
dinamitar  fronteras, y con ese precepto
las salas de Mbidön se convierten en el mundo real.

Esta obra compuesta por más de
cuatro mil bidones está dividida en dos zonas, la  cozy
room y la social room
. Los elementos más importantes de éstas son la
materia transformada en un mar azul de plástico y la luz tenue y descolorida
que quema despacio el recuerdo del edificio histórico que las alberga.

La social room es el espacio de uso social dedicado a la fusión de
diferentes disciplinas artísticas. El objetivo de esta sala es la creación artística
a tiempo real delante del público en forma de actuaciones de danza
contemporánea con bailarinas como Teresa Lorenzo, Élida Dorta o María Toledo, o
en forma de propuestas musicales como GAF, TupperWear o la original puesta en
escena de la formación Kabukiu session. El artista-promotor de este experimento
no ha querido simplemente programar una serie de eventos. Para él Mbidöm no es
simplemente ver, es experimentar en un lugar participativo y de intercambio
cultural.
Otro uso de esta sala ha sido el comunitario.
A lo largo de estos dos meses en los que ha permanecido abierta al público,
éste ha podido experimentar dentro del espacio lo que significa el manejo libre
de la instalación, desde jugar con las instalaciones visuales a través de los
sonidos que ellos mismos generan u observar sus propios lugares comunes con
otros usuarios a través de un microscopio electrónico, cuyas imágenes se
proyectaban en una gran pantalla.

Éste es un espacio donde perder
el miedo al arte contemporáneo, a esa producción artística que a veces se aleja
en formas y significados de aquello que el público, en ocasiones, cree que es y
debe ser el arte. Tanto niños como adultos participan de su propia experiencia
en un espacio diseñado para el encuentro social y la imaginación. Los niños,
por ejemplo, durante un rato se convierten en héroes o villanos de su propio
imaginario, e inventan un universo de seres de otro mundo, de plástico, tinta y
luz, en ocasiones monstruos de los que huir despavoridos o amigos imaginarios a
los que sonreír en el vacío.

La cozy room es una acogedora instalación donde prima la experiencia
individual,  y la idea de colectividad de
la social room se pierde. Se trata de
estimular al espectador en el descanso, en torno a una conversación en un lecho
circular y una voluptuosa luz azul.  La
sala, de menores dimensiones que la anterior, es un elogio a la lentitud, pues
se accede a ella a través de un túnel en penumbra que obliga al público a
cambiar el ritmo drásticamente, desplazándose el cuerpo con mayor lentitud en
la oscuridad.

Néstor Torrens, a través de esta instalación
temporal, critica veladamente el estilo de vida actual. Éste se traduce como la
plenitud y triunfo de la figura del consumidor, aunque paradójicamente la era
del consumo  esté situada en su  ocaso definitivo. Y aún siendo los recursos
abundantes no se puede esperar que se mantenga este ritmo sin consecuencias
ambientales, económicas y antropológicas. De ahí que la idea de participación, el
aprovechamiento de materiales no frecuentes en la construcción de espacios y el
efecto sorpresivo en el uso de las salas traten de ahondar en conceptos como
sostenibilidad social, ambiental y económica mediante la confrontación de
extraños.

Esta idea de extraños-usuarios
que se encuentran en su calidad de extraños, y que posiblemente lo seguirán  tras el ocasional encuentro que termina de
modo tan abrupto como comenzó, es el concepto más potente que introduce el
artista. Para Zygmunt Bauman, es a través de estos mecanismos de encuentros en
los que el individuo es más puro en su relación con el mundo que le rodea. Los
usuarios acceden como iguales a un universo artificial,  entra en contacto físicamente con él y con
otros individuos. Cada movimiento provoca una metamorfosis que se transforma en
un gesto determinado. Esto genera un sentimiento de identidad común y una idea
de vivencia experimentada por la comunidad. Como un happening, este espacio  es la irrupción de la realidad en el arte o
del arte en la realidad, combinando material visual y acontecimientos dando
cabida a la interacción del público.

Por tanto, en una época dominada
por la celeridad del consumo “hay que ser rápido si uno quiere ver algo”, decía
Cezzane, y es Mbidön  una suerte de
indagación temporal, un proyecto cultural que debería llevarse de una manera
continuada a más lugares, como ejemplo de forma de participación y de nuevo
espacio de reflexión.

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