Mírame otra vez.



Una revisión sobre el retrato en las comunidades de imágenes.

Analizar el retrato a partir de la
producción personal significa embarcarse, desde una recreación subjetiva, en una
posición de resistencia contra el olvido.  Ésta es la necesidad de dotar al imaginario
personal de una lógica histórica que deviene en la evolución del retrato y del
autorretrato, un consenso sobre la conducta humana –en cuanto a su
representación- como resultado de la suma de fuerzas en las que intervienen el
lenguaje y las facultades cognitivas para explicar la necesidad de vida social
o, lo que ahora nos interesa, de construcción de la imagen social.

Adassa Santana, desde los inicios de su
producción usa el retrato como una forma casi sociológica de comunicación no
verbal, entendiéndolo como la desmaterialización de lo dado para atreverse a
jugar con lo simbólico. Su obra atañe a la naturaleza de la acción humana desde
la ortodoxia del símbolo preconcebido. Esta alegoría parte de dos influencias
totalmente definidas: el apropiacionismo de material ‘bajado de la red’ y las
múltiples formas del retrato, tanto representaciones de sí misma, como de
personas de su entorno más inmediato.  La
creadora descompone en múltiples tramas la representación asociada a las redes
sociales hasta llegar a la unidad mínima de expresión plástica: el hilo
diseminado en la sala como un juego empírico que trata sobre la naturaleza de
la actividad social humana y reelabora ‘concepciones sobre el ser y el hacer
del hombre, sobre la reproducción y la transformación social’[1].
Este juego genera un efecto de constelación o de red que fija y subvierte,
desde el punto de vista histórico y desde la transversalidad del sujeto, la
auto-representación como forma de la memoria que se queda en la superficie, esta
es una red de reciprocidades que habla de procesos concretos de la vida social.
El retrato para la artista es una oposición
a desvanecerse, un documento efectivo cargado de memoria, la poseída desde la
ejecución del mismo hasta la adquirida conforme pasa el tiempo. Lo que Santana
hace es descontextualizar estas imágenes, volverlas objeto desmadejado para,
siempre con un movimiento circundante, a contextualizarlas más allá de su
diversidad, subrayando lo más importante y esclarecedor de cada forma, lo que
le interesa es poder depurarlas para poner de manifiesto su fecundidad y
significado colectivo. Esas representaciones son un documento cargado de
memoria y de intención de comunidad.

Specto.
Red de retratos
es una construcción que habla de
la relación entre la memoria y la mirada a través de la representación del
sujeto, es decir, del retrato. Tomando esto como excusa, la artista realiza una
revisión sobre este género como contenedor de memoria, mediante una urdimbre de
sincronías visuales a través de las cuales habla del retrato tanto de forma
histórica como desde la necesidad contemporánea de compartir contenido
subjetivo en plataformas llamadas comunidades. Es decir, grupos sociales como Instagram y canales de youtubers 
que enlazan y suben archivos, y que forman parte del imaginario de
la artista para hablar de la mirada personal y colectiva encarnada en una red
de retratos que habla de prácticas sociales, inmersas en los elementos espacio
y tiempo, cimientes ambos tanto de la construcción del sujeto como del objeto
social –la sociedad-.
El
espacio intersubjetivo.

Santana nos habla del concepto de
colectividad, pero desde el espacio intersubjetivo, y quizá de un modo de
comunidad vaciado de sentido, un nuevo tipo de vida en común tecnológica o,
como diría José Luis Brea, de ‘la comunidad que viene’. Apropiándose de un tipo
determinado de selfies y vídeos de Youtube, la artista los selecciona como
contenidos superficiales, los disecciona y los pone en valor. Se trata de  hacer un simulacro de red social escogiendo
como forma la literalidad de la expresión, poniendo énfasis en el aspecto
trivial y evidente de la vida cotidiana. Desde la duración de la actividad
cotidiana hasta la trascendencia del paso del tiempo irreversible del que está
sujeto el ser humano como organismo finito. Mediante la construcción de
avatares la artista va vertebrando una red de comunicación basada en la ficción.
Descompone en múltiples tramas el retrato asociado a las redes y lo despoja del
lapso de vida del individuo –el tiempo irreversible- y lo vuelve tiempo
intersubjetivo o supra-individual, un tiempo de larga duración que constituye
lo comunitario e identitario.

Esta nueva comunidad de imágenes genera
un espacio y un tiempo determinado donde el cuerpo es el lugar -común- del
propio ser activo, es decir, de ese sujeto que la artista construye dentro del
espacio intersubjetivo. Un lugar donde existen miradas cruzadas y múltiples, y
se desarrollan para hablar de la dificultad de constituirse en una comunidad
con afinidades paralelas, armonizadas por las estructuras de las redes de
interacción social. El resultado es la homogeneización que conlleva un cambio
en los modos de ser cada vez más igualitarios. Specto. Red de retratos, pasa por el estudio y la fijación del
retrato clásico, al múltiple, en movimiento o el autorretrato contemporáneo. El
valor visual del pasado frente a la continua y desobjetualizada renovación de
valores.

La artista toma como referencia la
tradición pictórica de la retratística y la conectividad tecnológica en pos de
una conexión más comunitaria pero tal vez menos libre. Esto es Specto. El retrato como elemento social
indescontextualizable que se desconecta de su función tradicional para hablar
de sujetos más simbólicos que reales. Aquí radica la potencia de esta red de
retratos, bajo la responsabilidad de mostrarse se esconde la necesidad de
actualidad, de compartir y compartirse, de una forma  de concebir el mundo colectivamente.

El propósito de la red social implica
necesariamente un sistema de comunicación basado en los mass media, pero el tipo de contenidos superficiales de las plataformas
diseccionadas por Adassa Santana componen retratos superficiales de la vida de
las personas que se construyen avatares o modelos en una red de comunicación
ficticia o basada en la ficción. Entrar en portales sociales como Facebook es adentrarse en un cuaderno de
bitácora que ofrece varias formas de navegar, te invita a publicar, a
actualizar un estado, a comunicarse a golpe de like, etc., para dejar de interactuar con el cuerpo en este periplo
de comunicación e intercambiar contenidos simbólicos colectivos. Este es un modelo
generalizado de representación son una formación sistemática que articula
formas de la memoria, cuyo efecto produce sobre ella una manera de preservar la
comunicación. Así las redes simulan formas de comunicación fluidas y dinámicas,
casi sincrónicas.
Adassa Santana habla de ese modelo
mediante la representación de reproducciones del movimiento de forma múltiple,
construyendo miríadas de cabezas, ojos, brazos, contornos y desplazamientos en
un solo espacio. Sus ‘múltiples’ son una multitud de lo mismo, la descomposición
del movimiento que pone espacio y tiempo sobre una sola superficie, tal y como
hacían los primeros cuadros futuristas, pero adoleciendo de su estructura
teórica. Esta obra se asienta en la levedad del sistema miniaturizado y casi
caricaturizado de los procesos de comunicación actuales. Las piezas establecen
un comportamiento tecnológico basado en unas sincronías con el tiempo que
compartimos como sujetos modernos y post-tradicionales en la medida en que
efectúan un ‘monitoreo’ –un seguimiento- de su propia construcción social.

Los múltiples son piezas que dejan al
descubierto un cuestionamiento que nos hacemos de forma inconsciente al usar
las redes sociales; decidir cómo intervenimos en la vida pública –repensar lo
que significa imagen pública y la imagen privada-, cuánto ‘replegarse en la
privada’ para dejar espacio al rictus social, como espasmos de imitación.
Adassa Santana reproduce intercambios simbólicos, se posiciona como modelo de
un retrato goyesco y grotesco, como si de un intercambio público reglado se
tratara[2],
un intercambio psíquico como motivo último del intercambio público, de trasvase
temporal que se da en toda publicación en las redes.

La pregunta que nos ronda, es cómo se
captura el fantasma del tiempo, como presente pleno y efímero. La respuesta
para la artista podría ser, mirar en lo que es llamado la actualidad del aquí y
el ahora de los canales de yotubers
cuyos contenidos son compartidos como conocimiento libre y comunitario, cómo
hacer un peinado determinado, o un plato característico de una zona geográfica
diferente. Esto es la comunidad de los que no tienen comunidad –Blanchot-, la
comunidad de los ausentes. El lenguaje de los medios de comunicación se
estructura en torno a comunidades, la comunidad de Facebook, la comunidad de instagram,
la comunidad de twitter, etc. Como dice
Fernando Rampérez ‘pensar la comunidad de otro modo’ alejada de la tradición
moderna individualista de la cultura occidental, pues el individualismo impide
pensar la comunidad. Blanchot decía que la comunidad conlleva a lo común, es
decir, pertenecer a un conjunto. Pero ésta sin la corporeidad que impone
limitaciones estrictas a las capacidades de movimiento y de percepción sino
desde el viaje que posibilita la alta tecnología de la comunicación con
geolocalizaciones.

Ahora se construye otro mapa de
relaciones en el que la correspondencia espacio-tiempo viene dada por ese
fantasma que es la memoria, que deja una constancia, una impronta o huella de
lo múltiple, de la existencia. Los retratos y autorretratos de la artista
tienen que ver con, esto con un problema con la existencia que plantea un interrogante,
¿qué diferencia hay entre el tiempo real y la libre circulación del flujo de
imágenes en las redes? La respuesta es una vorágine que trasciende el tiempo,
una mutación temporal, una alteración de la secuenciación normalizada de la
vida cotidiana que nos hace plantearnos hasta cuándo guardaremos nuestro archivo
visual con su distribución de encuentros e intercambios.

La imagen mercancía es un discurso
conocido y convertido en una trama teórica común a muchos creadores, pero aquí
hablamos de imágenes como recursos de la memoria, es decir, de ‘memorias
articuladas en red’[3] en las
que conceptos como activo, en línea, desconectado, etc., son operaciones de esa red, potencias
primordiales del estado subjetivo y del espacio intersubjetivo que funcionan
como procedimientos inmateriales sustentados por dispositivos tecnológicos, a
modo de articulación de circuitos cognitivos.
La
imagen y su espacio tecnológico y fantasmagórico.
La importancia de reflexiones plásticas como
la desarrollada por la artista en Specto.
Red de retratos
reside en valorar que se trata de una de las más productivas
actividades contemporáneas que se sitúan en el ámbito de las industrias de lo
simbólico e identitario, como un potencias fantasmáticas que aúnan archivo y
conocimiento. Ese espacio fantasmagórico es el del desarrollo subjetivo y
social de las redes permanentemente actualizadas. Unas articulaciones del
imaginario cargado de potenciales de identificación y reconocimiento.

Este espacio visual, como cualquier otra
actividad, tiene sus productores y receptores. El autor del material se comporta
como las dos figuras del intercambio del capital, hace las veces de productor e
incluso de receptor, es decir, no hay un consumo pasivo todo es re-creado y
creado a través de canales y formas instructivas encarnadas en las figuras de youtubers y blogueros que reproducen escenarios originales de producción de
contenidos en espacios de lo cotidiano. Este flujo de circulación de
información compartida da como fruto un proceso cada vez más comunitario y cada
vez más colectivo. A través de reproducciones y reenvíos se llega a la
prefiguración de un sujeto multitudinario y colectivo que potencia una recepción
simultánea. Se construye un paisaje especular, una ilusión, que siempre
devuelve la imagen invertida del reflejo de la realidad en continua vuelta
hacia atrás.

Qué impacto tiene esto sobre las
prácticas culturales. Este nuevo modo de apropiación del mundo –una nueva
tipología de mercancía, el hombre como sujeto transfigurado en  mercancía, a su vez productora de mercancías-
más que basarse en el conocimiento, se basa en el re-conocimiento -como un
reconocerse- o el auto-conocimiento. Estas son formas de apropiación de los
medios mismos de producción de la esfera pública –como esfera de emisión-. Cuando
Adassa Santana realiza un análisis de la información compartida en las redes, de
los retratos o selfies que se generan,
trata de distanciarse de la fascinación del contenido oculto tras las formas.
El misterio de las mismas lo entiende como estructural, pues habla del deseo de
saber qué se esconde tras “la realidad”, tras es el espacio tecnológico de la
fantasmagoría –para Lacan “la realidad es una construcción de la fantasía que
nos permite enmascarar lo real de nuestro deseo”-. La artista no sólo construye
retratos sino que también nos habla del espacio, de las estructuras que para Boris
Groys habla de los medios como el dispositivo sustentante de la realidad, una
realidad mediática y mediatizada por la percepción y por las estructuras que
esconden la apariencia del mundo sobre todo en el mundo artificial creado. Y en
esto retomamos inevitablemente a Marx a partir del capitalismo burgués, donde
las mercancías se relacionan entre sí en un mundo obligadamente artificioso.

Uno de los objetivos del proyecto
expositivo Specto es el de investigar
la identidad, el personaje, la historia y la vida del sujeto, el sujeto de la
experiencia –que él y sólo él, fabrica y sostiene- que posibilita, a través de
la comunicación, una recepción simultánea y colectiva. Este es un espacio
fantasmático y fantasioso de colectividad, una experiencia de lo público desde
el ámbito privado, donde la comunidad de participantes es la comunidad misma de
productores. Specto habla de una
nueva forma de relación ontológica con la imagen, una nueva fenomenología de la
experiencia de la representación. Cada pieza habla de una estética del
acontecimiento y de la construcción de situaciones, una dicotomía que persigue
la artista introduciendo pequeñas rarezas en forma de erratas visuales y formas
de lo social, dando más potencia al acto de lectura de la imagen, una fuerza
que radica en la simultaneidad de las redes–modo particular de compartir
contenido-. Es una ficción, un nuevo horizonte difuso en el que la práctica de
la representación es condenada a una voluntad transitoria y al ansia del
acontecimiento. Ese escenario es el del quehacer cotidiano.

La tensión que se establece entre el
espacio físico y el virtual habla del territorio ocupado por el otro, como la
otredad dada en la alteridad de una aventura en pos de lo idéntico, un paradigma
de la diversidad[4] que
se ve aniquilado por la homogeneidad –visual- de la experiencia. Cabe preguntar
qué es el espacio en este punto y de qué forma se comparte, es un espacio
desligado de la tierra –como fisicidad-, una territorialidad del resto, una frontera
porosa, una distopía en la que el mundo virtual se convierte en un no-lugar.
La virtualidad está en un desplazamiento
permanente, ya no desde la diferencia sino desde la contaminación. La esfera pública se convierte en lo común,
en una cartografía expandida, en la cual se intercambian saberes y experiencias
relacionadas a un territorio específico con el fin de generar nuevos discursos
sobre éste, no basados en conocimientos especializados sino en el conocimiento
subjetivo. Adassa Santana trata de cuestionar las formas de representación del
espacio virtual mediante una revisión casi cartográfica y la contextualización
de los lugares desde los que se emite y los que son receptores de información. Desde
su posición de creadora hace una aproximación y presentación de un mismo
territorio homogenizado y virtual a través de la interfaz como frontera y
enlace de comunicaciones hacia una gruta artificiosa, posiblemente maquinista
en la  que el sujeto abandona su
corporeidad para acercarse a un espacio sin órganos, repleto de automatismos y
en busca de una libertad quizá más verdadera[5].

En Specto
la red de retratos funciona como espejos que permiten percibir lo que está
reducido a la mecánica del movimiento y se ha convertido en un organismo
colectivo, múltiple, remitente y receptor de miradas. Se trata de una suerte de
fantasmagoría que reproduce la ilusión de ser expuesto y mirado una y otra vez.
El límite del recorrido de Specto
será la mirada misma que permite la aparición del otro y de lo otro, una
dinámica que nos introduce en un gift continuo con el que Adassa Santana no establece una crítica sino que expone una
situación que habla más desde un futuro que desde este presente dejando un rastro
cultural a golpe de menciones, likes
y hashtags.


[1] Anthony Giddens. La constitución de la sociedad. Bases para la
teoría de la estructuración. 2º ed. Buenos Aires. Amorrortu, 2011.
Pág 21
[2] José Luis Brea, Cultural Ram: Mutaciones de la cultura en la era
de su distribución electrónica. 1. ed: Barcelona: Gedisa, 2007.
Pág 26
[3] Ibídem. Pág 25.
[4] Ibídem. Pág. 78
[5] AAVV. El rival de
Prometeo. Vidas de autómatas ilustres. Editorial Impedimenta. Madrid, 2009.
Pág. 15. 
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