Ruido de fondo. Un Cambio desencantado.

El pájaro vuela alto
porque no quiere ver su sombra en la tierra
Ramón Gómez de la Serna. Nuevas Greguerías.
En
el afán de jugar Carlos Nicanor se adentra en el desconcierto de la pintura, se
sale del marco y se desata en la tridimensionalidad de la escultura. Como un daño
aparentemente reversible y un juego no pudoroso con el puro pigmento.
En
este caso, el poder de la imaginación y la construcción a través del desahogo
creativo desemboca en sombras de la intimidad y efluvios de deseos.
Ahora
los procesos se vuelven, a modo de pausa, menos gráficos y más hipnóticos.
Evasión a la irrealidad algo kitsch y pop. Elocuente relación entre lo
concebido y la experiencia.
Genera
manchas de color como esculturas, no hay concepto narrativo y no existen
límites espaciales. Explota la tramoya del artificio y sitúa al espectador en
un lugar privilegiado, la responsabilidad sobre su propio flujo emocional.
Entender
la pintura a través de la escultura es una tarea difícil. Aun siendo labores
opuestas, se acoplan en una mezcla de brillo, color, alegría texturizada y
deterioro de la relación entre arte y sociedad que responde a demandas y
estímulos prediseñados. En un cambio desencantado, el espectador/consumidor se
aburre y procura renovar el objeto de su deseo no saciado, cosifica sus propias
emociones y se aleja de lo que es esencialmente el arte. Construcción del
hombre.
Nicanor
tiene el coraje de tomar distancia, e inicia una pugna por esa construcción. La
creación no es solo el acto de dar forma a lo percibido, sino hacer de esto una
imagen eufórica y rápida, con la celeridad de alguien que se quita los zapatos
sin desatar los cordones. El resultado es la “aparición” de la imagen que brota
de las tinieblas, del epicentro del marco. Se reconoce en sus creaciones una
forma de energía -un ruido de fondo-, la voluntad de ser vistas.
Sus
obras arañan la superficie retiniana de una manera profundamente moderna, esencia
de la libertad artística. No se trata de buscar excesivamente en sus
significados. La imagen-marco es más poderosa, pues establece una conexión
fragmentada y fisiológica con el espectador. No son obras aisladas y no están
sólo estéticamente vinculadas. En ellas coexisten lo táctil/inmaterial, lo
luminoso/sombrío, lo seductor/pudoroso, lo visible/oculto.
Obras
como Trunk intimidan y ruborizan las mejillas.
¿Qué quiere ver el espectador? Quizás entender lo que sucede dentro de la obra
y hacerlo suyo. Para ello utiliza todo su cuerpo que sostiene su peso oscilando
en cada rodilla. Es esta fuerza corpórea la base integradora que se persigue. Lo
que recibe de esta manera actúa como espejo y lo que encuentra son sus propias
tragedias, ridículos y fracasos. La sensación de ser mirado mientras se
fragmenta el recato.
A
partir de su marco/prisión, la pintura se excita y aflige, genera la capacidad
de elevarse en el aire durante unos pocos segundos desafiando la fuerza taladradora
de la gravedad/realidad y entra en un juego ensimismado. Es algo fisiológico, algunos
se reconocerán con la complicidad inmediata de los perversos, otros con la
necesidad de tocar y sentir esas superficies cromáticas. Se crea un nuevo nivel
de realidad y las obras se perciben como seducciones, apelando al instinto.
Para
Aristóteles el pudor es el sentimiento que se produce al perder el control de
la  expresión corpórea. Es la
representación del peligro de no ser aceptado. Es rubor, una pasión del alma,
exhibicionismo, recato, y da cuenta de la finitud del hombre, rodeado como está
de límites sociales y morales. Como forma de influencia en la experiencia del
sujeto, el escultor transgrede estos límites y se acerca de manera apremiante
en forma de pulsión. Esta obligación de construir en el arte de manera absoluta
conlleva un riesgo de agotamiento.
Asimismo,
las imágenes suplican al espectador que colabore con ellas, no apropiándose de
éstas sino, como dice Joseph Beuys, escuchando lo que a sus ojos les dice y
recuerda, prestando atención a ese ruido de fondo.
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